Él puso la mesa. Él lavó los pies. Y todavía es Él quien sirve.
Cuatro veces al año, Jocelyne se quedaba sentada en su banca.
En su iglesia de North Miami, el sábado de la Santa Cena siempre llegaba con un gran silencio. Los diáconos entraban con el mantel blanco. Se partía el pan. Las copitas bajaban por las filas. Y Jocelyne, que llevaba nueve años cantando en el coro, cruzaba las manos sobre las rodillas y dejaba pasar la bandeja.
«M pa diy», le susurró una vez a la hermana de al lado. No soy digna. Pensaba en las palabras que le había dicho a su hijo esa semana. En las oraciones que seguía olvidando. En algo que nunca le había contado a nadie.
Un sábado, un anciano de edad, Frè Antoine, se arrodilló frente a ella en el lavamiento de los pies con un lebrillo de agua tibia. Sus manos temblaban por los años. Ella quiso detenerlo. Él levantó la mirada y le dijo, con mucha ternura: «Hermana, Jesús no puso esta mesa para los que la merecen. La puso para los que tienen hambre.»
Ella lloró. Luego dejó que le lavara los pies. Y esa mañana, por primera vez en años, tomó el pan.
¿Qué es realmente esta cena? ¿Por qué Jesús nos la dejó? ¿Y para quién es? Venga y vea. Hay un lugar en esta mesa con su nombre.
Era la última noche de la vida de Jesús antes de morir. Él lo sabía. La ciudad estaba llena de peregrinos que celebraban la Pascua — la fiesta antigua que recordaba la noche en que Dios liberó a Israel de Egipto, cuando la sangre de un cordero en los postes de las puertas significaba que la muerte pasaría de largo por esa casa (Éxodo 12:13). Durante más de mil años, las familias habían comido esa cena y contado esa historia.
Ahora el verdadero Cordero se sentaba a comerla.
Léalo despacio. «En gran manera he deseado.» Jesús quería estar en esa mesa. Estaba a pocas horas de una traición, de un juicio falso y de una cruz — y lo que anhelaba era comer con sus amigos. Juan el Bautista ya lo había señalado: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Pablo lo diría después con claridad: «nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nosotros» (1 Corintios 5:7). La antigua Pascua estaba a punto de encontrarse con Aquel a quien siempre había señalado.
Antes del pan, hubo otra cosa. Los discípulos llegaron a esa cena discutiendo sobre «quién de ellos parecía ser el mayor» (Lucas 22:24). Nadie le había lavado los pies a nadie — ese era trabajo de siervo, y nadie quería ser el siervo.
El Creador del universo, de rodillas, con agua sucia. Lavó los pies de Pedro, que lo negaría en pocas horas. Lavó los pies de Judas, que ya lo había vendido. «Amólos hasta el fin.»
Pedro no lo soportaba: «No me lavarás los pies jamás.» Y Jesús respondió: «Si no te lavare, no tendrás parte conmigo» (Juan 13:8). ¿Lo escucha? Pedro tenía que dejarse servir antes de poder servir. Nosotros también. Nadie se gana un lugar en esta mesa. Solo se recibe.
Entonces Jesús dio la instrucción que las iglesias adventistas del séptimo día todavía siguen antes de cada Santa Cena — el rito de humildad:
El orgullo se va con el agua sucia. Los rencores también. Entonces — y solo entonces — estamos listos para sentarnos juntos. «Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis, si las hiciereis» (Juan 13:17).
Luego llegó el momento para el cual era toda la noche.
Jesús tomó el pan y lo partió. En pocas horas su cuerpo sería partido. Levantó la copa — «este fruto de la vid», como la llama en el versículo siguiente (Mateo 26:29) — y dijo que era su sangre, «derramada por muchos para remisión de los pecados». No por unos pocos. Por muchos. Por Pedro, por Judas, por Jocelyne, por usted.
¿Eran el pan y la copa literalmente su carne y su sangre? Jesús estaba sentado allí, vivo, con el pan en sus propias manos. Le encantaba enseñar con imágenes: «Yo soy la puerta» (Juan 10:9), «Yo soy la vid verdadera» (Juan 15:1). El pan y la copa son símbolos — símbolos santos y preciosos — de un cuerpo real que fue realmente partido y de una sangre real que fue realmente derramada. Lucas registra las palabras que repetimos cada vez:
«En memoria de mí.» Eso es la cena. No un rito mágico. No un sacrificio repetido — la cruz ocurrió una vez, y fue suficiente. Es un memorial, establecido por Jesús mismo, para que su pueblo nunca olvide el precio de su libertad.
Pablo recibió el relato de esa noche directamente del Señor y lo transmitió a la iglesia de Corinto. En sus palabras encontramos cuatro direcciones hacia donde mirar cada vez que venimos a la mesa.
1. Mirar atrás. «La muerte del Señor anunciáis.» La cena es un sermón sin palabras. Cada pedazo de pan partido dice: Él murió por mí.
2. Mirar adentro. «Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así de aquel pan, y beba de aquella copa» (1 Corintios 11:28). Fíjese en el orden: probarse a sí mismo — y comer así. Pablo no dice «examínese y luego quédese lejos». Un examen honesto lleva a la mesa, no lejos de ella. Miramos adentro para poder traerle a Jesús lo que encontramos.
3. Mirar alrededor.
Un solo pan. Un solo cuerpo. En esta mesa, el médico y el lavaplatos, el que tiene papeles y el que no, el miembro antiguo y el nuevo creyente, todos reciben el mismo pan de la misma mano. En Corinto, los ricos comían primero sus buenas cenas y dejaban a los pobres con hambre (1 Corintios 11:20-22) — y Pablo dijo que eso no era en absoluto la cena del Señor. En su mesa, todos son iguales.
4. Mirar adelante. «Hasta que venga.» La cena tiene fecha de vencimiento: el día en que Jesús regrese. Él mismo lo dijo: «desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el reino de mi Padre» (Mateo 26:29). Cada Santa Cena es un ensayo de una cena más grande:
Tal vez usted se ha quedado en su banca como Jocelyne. Tal vez alguien le dijo que si toma el pan «indignamente» come juicio para sí mismo (1 Corintios 11:27-29) — y decidió que era más seguro no acercarse nunca.
Por favor, vuelva a leer el versículo. Pablo no dice «el que es indigno». Dice «el que come indignamente» — de una manera indigna. Escribía a personas que llegaban ebrias, que comían con egoísmo, que avergonzaban a sus hermanos pobres en la misma cena que debía hacerlos uno (1 Corintios 11:21-22). El problema no era que los pecadores vinieran a la mesa. El problema era que venían a la mesa sin ver de qué — y de quién — se trataba.
Esta es la verdad que liberó a Jocelyne: nadie es digno. Ni el anciano, ni el pastor, ni el coro. Ese es el sentido de la cena. Si fuéramos dignos, Jesús no habría tenido que morir. El pan es para los que tienen hambre. La copa es para los que tienen sed. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad» (1 Juan 1:9). Confiese — y venga.
¿Y quién puede venir? La mesa es de Jesús, no de ninguna iglesia. Todo el que cree en Él y le ha entregado su vida es bienvenido — por eso las iglesias adventistas practican la comunión abierta. No revisamos su expediente en la puerta. Él ya lo conoce, y de todos modos le reservó un lugar.
En esa misma cena, mientras los discípulos discutían sobre quién era el mayor, Jesús dijo algo que explica toda la noche:
Y lo sigue siendo. Cuando el pan baja por su fila, no es realmente el diácono quien se lo entrega. Es Jesús. El que se arrodilló con el lebrillo, el que partió el pan, el que dijo «para remisión de los pecados» — Él es el anfitrión, y Él es la cena.
Seamos muy claros en una cosa. El pan no lo salva. La copa no lo salva. Lavar los pies no lo salva. «Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras» (Efesios 2:8-9). Jesús salva. La Cena es el lugar donde lo recordamos, lo recibimos con gratitud y le decimos al mundo que lo estamos esperando.
Jocelyne sigue cantando en el coro. Pero ahora, cuatro veces al año, es de las primeras en arrodillarse con un lebrillo — casi siempre frente a alguien nuevo que intenta decir «no soy digna». Ella sonríe y repite lo que Frè Antoine le dijo: «Él puso esta mesa para los que tienen hambre.»
¿Tiene hambre? Entonces venga. «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar» (Mateo 11:28).
¿Ha estado dejando pasar la bandeja? ¿Se ha sentado alguna vez a la mesa del Señor entendiendo de verdad lo que tenía en las manos? ¿O nunca lo han invitado?
Hoy queda invitado. Sería un honor orar con usted, abrir la Biblia con usted y ayudarle a encontrar cerca de su casa una familia de iglesia donde esta mesa esté puesta.
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No se pierda lo que sigue. Antes de la mesa hubo un jardín — y un Dios que dijo «bueno en gran manera» al mirarlo a usted. Nuestro próximo estudio: «En el principio: usted fue creado a propósito». Suscríbase ahora para recibirlo apenas salga. Si espera, tendrá que venir a buscarlo. 🔔
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La Cena del Señor: una mesa puesta para usted — versión de bolsillo
| Mito | Hecho (con la Biblia) |
|---|---|
| 1. La Cena del Señor es solo para los que tienen su vida en orden. | «No he venido a llamar justos, sino pecadores» (Marcos 2:17). Pablo dice: pruébese «y coma así» (1 Corintios 11:28) — el examen lleva a la mesa. |
| 2. «Indignamente» significa que primero debo volverme digno. | La palabra describe la manera de comer, no el valor de la persona; Pablo corregía el egoísmo y las divisiones en la cena (1 Corintios 11:20-22, 27-29). Somos salvos «por gracia… no por obras» (Efesios 2:8-9). |
| 3. Tomar la Cena perdona mis pecados por sí misma. | El perdón viene por la confesión y la fe en Jesús (1 Juan 1:9; Hechos 10:43). La Cena se hace «en memoria de mí» (Lucas 22:19) — señala al Salvador; no es el Salvador. |
| 4. El pan y la copa se convierten literalmente en el cuerpo y la sangre de Jesús. | Jesús estaba presente en cuerpo, con el pan en la mano, cuando dijo «esto es mi cuerpo» (Mateo 26:26). Hablaba con imágenes: «yo soy la puerta» (Juan 10:9), «yo soy la vid verdadera» (Juan 15:1); «las palabras que yo os he hablado, son espíritu» (Juan 6:63). |
| 5. El lavamiento de pies fue solo una costumbre del primer siglo, sin sentido hoy. | «Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis… bienaventurados seréis, si las hiciereis» (Juan 13:15, 17). Lo mandó Jesús, no la cultura. |
| 6. Solo un sacerdote o pastor puede hacer válida la cena. | Jesús mismo es el anfitrión y el siervo: «yo soy entre vosotros como el que sirve» (Lucas 22:27). Todos los creyentes son «sacerdocio real» (1 Pedro 2:9); Él dijo «haced esto» a todos sus discípulos (Lucas 22:19). |
| 7. La Cena es un asunto privado entre Dios y yo. | «Muchos somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel un pan» (1 Corintios 10:17); «cuando os juntáis a comer, esperaos unos a otros» (1 Corintios 11:33). Es una cena de familia. |
| 8. La Cena del Señor es un servicio fúnebre y triste. | Jesús «dio gracias» (Lucas 22:19) y «cantaron el himno» (Mateo 26:30). Anuncia su muerte «hasta que venga» (1 Corintios 11:26) y anticipa «la cena del Cordero» (Apocalipsis 19:9) — es una cena de esperanza. |
| 9. La Biblia exige vino fermentado en la copa. | Los Evangelios nunca llaman «vino» a la copa; Jesús dice «este fruto de la vid» (Mateo 26:29). La Pascua sacaba toda levadura de la casa (Éxodo 12:15; 1 Corintios 5:7-8) — por eso las iglesias adventistas usan pan sin levadura y jugo de uva sin fermentar. |
| 10. Llevo tanto tiempo lejos que ya no puedo volver a la mesa. | «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados» (Mateo 11:28); «a todos los sedientos: venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad, y comed» (Isaías 55:1). El padre corrió hacia el hijo que volvía (Lucas 15:20). |
Este estudio está edificado sobre la Biblia y refleja las creencias publicadas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Verifíquelo todo por usted mismo:
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