Quizás usted piensa que no tiene nada que dar. El cielo lo ve de otra manera.
«Pastor, yo no tengo ningún don.»
La hermana Lisette lo dijo con una risita, pero sus ojos no se reían. Tenía sesenta y cuatro años. Cada sábado se sentaba en el mismo banco del fondo de una pequeña iglesia haitiana en Brooklyn, cerca de la puerta, con la cartera sobre las rodillas.
El pastor acababa de predicar sobre los dones espirituales. A la salida, la gente comentaba: «Creo que soy maestro». «Mi don es la música». Lisette movió la cabeza. «Yo no sé cantar. Leo despacio. Cuando me pongo de pie delante de la gente, me tiemblan las manos. Dios les dio dones a todos los demás, pastor. Yo solo vengo».
El pastor no discutió. Solo dijo: «Hermana Lisette, ya veremos».
Dos semanas después, Lisette voló a Montreal para ayudar a su hija con un bebé recién nacido. Estuvo fuera seis semanas. Y en esas seis semanas pasó algo en aquella pequeña iglesia que nadie esperaba. ¿Qué fue? Guarde esa pregunta. Primero, abramos el Libro.
Pedro escribió una carta a creyentes comunes — pescadores, siervos, madres, trabajadores. Escuche lo que les dijo:
Mire las primeras palabras: «Cada uno según el don que ha recibido». No «cada pastor». No «cada cantante». Cada uno. Si usted pertenece a Jesús, ha recibido un don. No es un «tal vez». Es una promesa.
Y fíjese para qué es el don: «adminístrelo a los otros». Un don de Dios no es un trofeo para poner en un estante. Es una herramienta para poner en la mano de alguien.
¿De dónde vienen estos dones? Pablo responde:
¿Lo ve? El mismo Espíritu. El mismo Señor Jesús. El mismo Dios Padre. Todo Dios está detrás de su don. (Conocimos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en nuestro último estudio, «Un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo».)
¿Y quién elige qué don recibe usted? No usted. No el pastor. «Mas todas estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo particularmente a cada uno como quiere» (1 Corintios 12:11). Su don fue escogido para usted por el mismo Espíritu Santo.
Usted no eligió su don, así que no puede enorgullecerse de él. Y usted no eligió su don, así que nunca tiene que avergonzarse de él. Vino de la mano de Dios — y eso basta.
Luego Pablo pinta un cuadro que todos entendemos. Mire su propio cuerpo:
Imagine un cuerpo que fuera solo un ojo gigante. Lo vería todo — pero ¿cómo oiría? ¿Cómo caminaría hasta el mercado? Pablo hace la misma pregunta graciosa: «Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oir?» (1 Corintios 12:17).
El ojo no puede decirle a la mano: «No te necesito». La cabeza no puede decirles a los pies: «Váyanse» (1 Corintios 12:21). Y aquí viene lo que sorprendió a los corintios: «los miembros del cuerpo que parecen más flacos, son necesarios» (1 Corintios 12:22).
Los miembros callados. Los escondidos. Los que nadie aplaude. Necesarios. Es la Palabra de Dios, no la nuestra.
Y como somos un solo cuerpo, «si un miembro padece, todos los miembros a una se duelen; y si un miembro es honrado, todos los miembros a una se gozan» (1 Corintios 12:26). En la familia de Dios, nadie sufre solo y nadie celebra solo.
Cuando oímos «dones espirituales», muchos pensamos solo en predicar o cantar. Pero lea la lista de Pablo en Romanos:
Y luego los nombra (Romanos 12:6-8): profecía… ministerio, es decir, servir… enseñar… exhortar, es decir, animar… repartir, «en simplicidad»… presidir, «con solicitud»… y hacer misericordia, «con alegría».
Servir. Animar. Dar. Mostrar misericordia con una sonrisa. Estos también son dones espirituales — ahí mismo, en la Biblia, al lado de enseñar y dirigir. Tal vez usted ha llevado un don durante años y lo ha llamado «nada».
Dios nunca da dones para presumir. Pablo explica el propósito:
Léalo despacio. Los pastores y maestros son dados «para perfección de los santos, para la obra del ministerio». En otras palabras, el trabajo del pastor es ayudarle a usted a hacer el ministerio. La obra pertenece a toda la iglesia.
¿Y la meta? Unidad. Crecer. Parecernos cada vez más a Jesús — «la plenitud de Cristo». Los dones no se dan para que una sola persona brille. Se dan para que toda la familia crezca.
Por eso Pablo nos advierte que nadie tenga «más alto concepto de sí que el que debe tener» (Romanos 12:3), y por eso, justo después de enseñar sobre los dones, escribe el gran capítulo del amor: aun con los dones más grandes, «y no tengo caridad, nada soy» (1 Corintios 13:2). Un don sin amor es solo ruido.
Si quiere saber cómo se ve un don bien usado, mire a Jesús. El Rey del cielo se arrodilló a lavar pies sucios (Juan 13:5). Él dijo:
Cada don espiritual es un pedacito del propio corazón de Jesús, puesto en nosotros por su Espíritu, para que Él siga sirviendo a la gente — por medio de nuestras manos, nuestras palabras, nuestras cocinas, nuestras llamadas. Cuando usted usa su don, la gente puede ver un poquito de Jesús.
Jesús contó la historia de un señor que entregó dinero — «talentos» — a sus siervos. Uno de ellos tuvo miedo. Dijo: «tuve miedo, y fuí, y escondí tu talento en la tierra» (Mateo 25:25). El miedo le hizo enterrar lo que había recibido.
Pero a los siervos que usaron lo que tenían, el señor les dijo:
Fíjese: «sobre poco has sido fiel». Dios no le pide ser famoso. Le pide ser fiel. Un don pequeño, usado con amor, alegra el corazón de Dios.
Entonces, ¿qué pasó en aquella pequeña iglesia de Brooklyn?
El primer sábado, nadie notó nada. El segundo sábado, una pareja joven visitó por primera vez — y nadie los saludó en la puerta por su nombre, porque siempre era Lisette quien lo hacía. No volvieron.
La tercera semana, el anciano hermano Jérôme, que vivía solo, faltó a la iglesia. Nadie lo llamó. Lisette lo llamaba cada viernes por la tarde. Para la cuarta semana, los diáconos descubrieron que las túnicas blancas de bautismo no estaban lavadas ni planchadas — Lisette siempre lo hacía en silencio, en su casa, con su propio jabón. Un bautismo tuvo que esperar.
Cuando Lisette regresó, el pastor le pidió que se pusiera de pie al frente. Le temblaban las manos. Entonces él levantó una de las túnicas blancas de bautismo, planchada tantas veces por sus manos, y leyó: «los miembros del cuerpo que parecen más flacos, son necesarios».
Los hermanos mayores pensaron en Dorcas, en el libro de los Hechos, una mujer «llena de buenas obras», cuyas amigas lloraban mientras mostraban «las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía» (Hechos 9:36, 39). Su don era una aguja y un corazón bondadoso. El cielo lo tomó en cuenta.
Lisette tenía el don de servir, el don de animar, el don de hacer misericordia con alegría. Los tuvo siempre. Simplemente nunca los había llamado dones.
En el cuerpo de Cristo, no existe un miembro que no tenga nada que dar.
¿Alguna vez se ha sentado al fondo pensando: «Dios les dio dones a todos — menos a mí»? ¿O tal vez conoce su don, pero el miedo o viejas heridas le han hecho enterrarlo?
El Espíritu Santo ha puesto en usted algo que el cuerpo de Cristo necesita. Sería un honor para nosotros orar con usted, abrir la Biblia con usted y ayudarle a descubrir su lugar en la familia de Dios — comenzando justo donde usted está.
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Con dones para servir: su lugar en el cuerpo de Cristo — versión de bolsillo
| Mito | Hecho (con la Biblia) |
|---|---|
| 1. Solo los pastores y los líderes de la iglesia tienen dones espirituales. | «Cada uno según el don que ha recibido» (1 Pedro 4:10); «a cada uno le es dada manifestación del Espíritu» (1 Corintios 12:7). |
| 2. Si no sé predicar ni cantar, no tengo ningún don. | Servir, exhortar, repartir y hacer misericordia aparecen como dones (Romanos 12:7-8), y los miembros que parecen más débiles «son necesarios» (1 Corintios 12:22). |
| 3. Los dones espirituales son un premio para los que son más santos. | Se dan «según la gracia que nos es dada» (Romanos 12:6), por el Espíritu «como quiere» (1 Corintios 12:11) — son regalos, no salario. |
| 4. Algunos dones hacen a una persona más importante que otras. | «Ni el ojo puede decir a la mano: No te he menester» (1 Corintios 12:21); «Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como quiso» (1 Corintios 12:18). |
| 5. Mi don es para mi reputación o mi ganancia. | Los dones se administran «a los otros» (1 Pedro 4:10) y son «para edificación del cuerpo de Cristo» (Efesios 4:12); nadie tenga «más alto concepto de sí que el que debe tener» (Romanos 12:3). |
| 6. Tener un don poderoso importa más que el amor. | «Y si tuviese profecía… y no tengo caridad, nada soy» (1 Corintios 13:2). |
| 7. Puedo usar mi don yo solo; no necesito la iglesia. | «Muchos somos un cuerpo en Cristo, mas todos miembros los unos de los otros» (Romanos 12:5); si un miembro padece, todos se duelen (1 Corintios 12:26). |
| 8. Todo cristiano verdadero debería tener el mismo don. | «Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oir?» (1 Corintios 12:17); «¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos doctores?» (1 Corintios 12:29). |
| 9. Los dones espirituales terminaron con los apóstoles. | Se dan «hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe… a la medida de la edad de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13) — una meta que la iglesia aún no ha terminado de alcanzar. La creencia fundamental adventista n.º 17 enseña que Dios da dones a su iglesia en todas las épocas. |
| 10. Usar mi don es la manera de ganar mi salvación. | «Porque por gracia sois salvos por la fe… No por obras» — y luego «criados en Cristo Jesús para buenas obras» (Efesios 2:8-10). Servimos porque somos salvos, no para ser salvos. |
Este estudio está edificado sobre la Biblia y refleja las creencias publicadas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Verifíquelo todo por usted mismo:
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