Idiomas diferentes, países diferentes, historias diferentes. ¿De verdad podemos ser una sola familia? Jesús oró para que lo fuéramos — y nos dijo por qué.
«¿Son familia?», preguntó la enfermera. Las dos mujeres se miraron. Ninguna entendía el idioma de la otra. Pero las dos sabían la respuesta.
Manmi Lisette tenía setenta y dos años cuando salió de Haití para vivir con su hijo en Filadelfia. La ciudad era fría. Las calles eran ruidosas. Y en sábado, la pequeña iglesia cerca del apartamento de su hijo predicaba en inglés — un idioma que ella no hablaba.
La primera semana se sentó en la última fila, sola. Tenía su Biblia en criollo sobre las rodillas y trataba de seguir. No podía. Se sentía como una invitada en la mesa de otra persona.
La segunda semana, una mujer se sentó a su lado. Rosa era de Guatemala. Limpiaba oficinas de noche. Hablaba español — y solo español. Rosa sonrió, señaló el himnario y lo abrió entre las dos.
Cuando empezó el piano, Lisette reconoció la melodía. La cantaba desde niña en Haití. Así que cantó — en criollo. Y a su lado, Rosa cantaba la misma melodía — en español. Dos idiomas. Un solo canto.
Desde entonces, cada sábado, Rosa le guardaba un asiento. No podían conversar. Compartían el himnario, una sonrisa y, a veces, un caramelo de menta de la cartera de Rosa. Eso era todo.
Hasta que un sábado, el asiento de Lisette quedó vacío.
Guarde en la mente ese asiento vacío. Porque lo que Rosa hizo después es un pequeño retrato de algo que Jesús le pidió a su Padre — la última noche antes de la cruz. Y estaba orando por usted.
Seamos honestos. En un salón lleno, ¿dónde se sienta usted? La mayoría buscamos gente que se parece a nosotros, que habla como nosotros, que viene de donde venimos. Da seguridad.
Y poco a poco se levantan muros. Los haitianos aquí, los americanos allá. Ricos y pobres. «Estudiados» y «no estudiados». Los que nacieron aquí y los que acaban de llegar. Incluso en la iglesia.
No es nuevo. Los propios discípulos de Jesús discutían sobre cuál de ellos era el mayor. En la iglesia primitiva, algunos creyentes ni siquiera querían comer en la misma mesa que otros. Los muros son tan viejos como el pecado.
Pero el sueño de Dios siempre ha sido más grande que nuestros muros. El día de Pentecostés vino el Espíritu Santo, y gente de muchas naciones oyó las buenas nuevas. Mire lo que pasó:
Note: Dios no hizo que todos hablaran un solo idioma. Les habló a cada uno en su propia lengua. No borró quiénes eran. Los unió.
La noche antes de morir, Jesús hizo una larga oración por sus discípulos. Luego hizo algo hermoso. Oró por todos los que creerían más tarde — eso nos incluye a usted y a mí (Juan 17:20). Y esto es lo que pidió:
Lea otra vez el final: para que el mundo crea. Nuestra unidad no es solo algo bonito. Es un mensaje. Cuando personas que deberían ser enemigas se aman, el mundo ve algo que no puede explicar — excepto por Jesús.
No por nuestros grandes edificios. No por nuestra música perfecta. Por el amor — los unos con los otros.
El apóstol Pablo usó una imagen que todos entienden: su propio cuerpo.
Su mano no es su pie. Su ojo no es su oído. Se ven diferentes. Hacen trabajos diferentes. Pero son un solo cuerpo, con una sola vida corriendo por ellos.
Eso es la iglesia. La unidad no es uniformidad. Dios no quiere una iglesia de copias. Quiere un cuerpo — haitianos y franceses, americanos y latinos, jóvenes y mayores — cada uno diferente, cada uno necesario. Pablo dice: «Ni el ojo puede decir á la mano: No te he menester» (1 Corintios 12:21).
Y en un cuerpo, el dolor se comparte:
En los días de Pablo había muros profundos: judío y gentil, esclavo y libre, hombre y mujer. A la gente se la clasificaba. Unos valían más que otros. Entonces Pablo escribió una de las frases más revolucionarias jamás escritas:
Pablo seguía siendo judío. Los hombres seguían siendo hombres, y las mujeres, mujeres. Las diferencias no desaparecieron. Pero en Cristo, ya no nos clasifican y ya no nos dividen. Al pie de la cruz, el suelo está parejo. Allí nadie vale más por su pasaporte, su diploma, su cuenta de banco o el color de su piel.
Pedro también tuvo que aprenderlo. Cuando Dios lo envió a la casa de un oficial romano — alguien a quien le habían enseñado a evitar — Pedro dijo: «Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas» (Hechos 10:34).
¿Cómo sucedió esto? No por un programa. Por la cruz:
En nuestro último estudio vimos a Jesús morir y resucitar para traernos de vuelta a Dios. Aquí vemos el segundo milagro de la cruz: nos trae de vuelta los unos a los otros.
Aquí hay algo importante. Nosotros no creamos la unidad. Dios la da. Pero nosotros debemos guardarla:
Cuente la palabra «uno»: un cuerpo, un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre — siete veces. Nuestra unidad comienza en Dios mismo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno. Él nos atrae a esa unidad.
¿Cómo la guardamos? El versículo anterior nos lo dice: «Con toda humildad y mansedumbre, con paciencia soportando los unos á los otros en amor» (Efesios 4:2). Y Pablo muestra el hilo que lo sostiene todo:
«Caridad», en el lenguaje antiguo de la Biblia, quiere decir amor — el amor al estilo de Dios. El amor es el vínculo. Es la costura que une pedazos de tela diferentes en una sola prenda.
La unidad no significa fingir que nada anda mal. Pablo nos pide seguir «la verdad en amor» (Efesios 4:15), y seguir «sufriéndoos los unos á los otros, y perdonándoos los unos á los otros» (Colosenses 3:13). Las familias de verdad tienen conversaciones difíciles — y después se siguen sentando a la misma mesa.
Entonces, ¿cómo se ve «guardar la unidad» en un sábado normal?
La Iglesia Adventista del Séptimo Día resume esta enseñanza bíblica así: la iglesia es un solo cuerpo con muchos miembros, llamados de toda nación, tribu, lengua y pueblo; en Cristo somos una nueva creación, y las diferencias de raza, cultura, educación, nacionalidad, posición social o sexo no deben dividirnos, porque todos somos iguales en Cristo, quien por un mismo Espíritu nos ha unido en una sola comunión con él y los unos con los otros; esta unidad tiene su origen en la unidad del Dios trino (Creencia fundamental n.º 14, «Unidad en el cuerpo de Cristo»).
¿Hacia dónde va todo esto? A Juan se le mostró el final de la historia:
Todas las naciones. Todas las lenguas. De pie, juntos. Las mismas ropas blancas. El mismo Cordero. Cada vez que una iglesia llena de gente diferente canta junta, es un pequeño ensayo de ese día.
La unidad es el don de Dios — un Padre, un Señor, un Espíritu. Es la oración de Jesús — para que el mundo crea. Y es nuestra decisión cada sábado — guardarla con amor.
Aquel sábado, cuando el asiento de Lisette estaba vacío, Rosa no se fue simplemente a su casa. Le preguntó al diácono. Se enteró de que Lisette estaba en el hospital con neumonía.
El domingo por la tarde, Rosa entró en el cuarto de Lisette con un caldo de pollo bien caliente y su Biblia en español. Lisette se sorprendió tanto que se echó a llorar.
Todavía no podían hablarse. Así que Rosa abrió su Biblia en Juan 17 y señaló el versículo 21. Lisette abrió su Biblia en criollo en el mismo lugar. Rosa lo leyó en voz alta en español. Lisette lo leyó en criollo. Ninguna entendía las palabras de la otra — pero las dos sabían exactamente lo que estaban leyendo: «Para que todos sean una cosa.»
Fue entonces cuando entró la enfermera. Miró el caldo, las dos Biblias, las dos mujeres tomadas de la mano. «¿Son familia?», preguntó.
Rosa contestó primero: «Sí. Familia.»
Y Lisette, sonriendo entre lágrimas, dijo: «Wi. Fanmi.»
La enfermera no entendía ninguno de los dos idiomas. Pero entendió lo que vio. Y tal vez — solo tal vez — entendió un poco más de Jesús ese día.
Por eso oró Jesús. No por gente que se parezca toda, sino por gente de todas las naciones que se ame tanto que el mundo tenga que preguntar por qué. Usted tiene un lugar en esa familia. ¿Hay a su lado, este sábado, un asiento que alguien está esperando?
¿Alguna vez se ha sentido como invitado en la mesa de otro — incluso en la iglesia? ¿Demasiado nuevo, demasiado diferente, demasiado lejos de casa?
En Cristo, usted no es un invitado. Es familia. Sería un honor para nosotros orar con usted, abrir la Biblia con usted y ayudarle a encontrar su lugar en la familia de Dios — tal como es.
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No se pierda lo que viene. La iglesia es la gran familia de Dios — pero todo empieza en la pequeña, en casa. ¿Qué tenía Dios realmente en mente cuando creó el primer matrimonio? Nuestro próximo estudio: «El matrimonio y la familia: el diseño de Dios para el amor». Suscríbase ahora para recibirlo en cuanto salga. Si espera, tendrá que venir a buscarlo. 🔔
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Uno en Cristo: la unidad en la familia de Dios — versión de bolsillo
| Mito | Realidad (con la Biblia) |
|---|---|
| 1. Unidad significa que todos deben ser iguales — mismo idioma, misma cultura, mismo estilo. | «El cuerpo es uno, y tiene muchos miembros» (1 Corintios 12:12). La multitud del cielo es «de todas gentes y linajes y pueblos y lenguas» (Apocalipsis 7:9). |
| 2. Algunos cuentan más en la iglesia de Dios — los ricos, los estudiados, los nacidos aquí. | «Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28). «Dios no hace acepción de personas» (Hechos 10:34). |
| 3. La unidad es algo que tenemos que fabricar con nuestro propio esfuerzo. | Es «la unidad del Espíritu» — un don que somos llamados a guardar (Efesios 4:3); «por un Espíritu somos todos bautizados en un cuerpo» (1 Corintios 12:13). |
| 4. Que los cristianos se lleven bien o no, no le importa al mundo de afuera. | Jesús oró por la unidad «para que el mundo crea» (Juan 17:21); «en esto conocerán todos que sois mis discípulos» (Juan 13:35). |
| 5. Mi idioma o mi cultura es una barrera que Dios no puede usar. | En Pentecostés «cada uno les oía hablar su propia lengua» (Hechos 2:6). |
| 6. Si un hermano o una hermana me hiere, la unidad queda rota para siempre. | «Sufriéndoos los unos á los otros, y perdonándoos los unos á los otros» (Colosenses 3:13). |
| 7. Unidad significa callar lo que está mal. | Crecemos «siguiendo la verdad en amor» (Efesios 4:15) — la verdad y el amor juntos. |
| 8. Si otro miembro sufre, no es asunto mío. | «Si un miembro padece, todos los miembros á una se duelen» (1 Corintios 12:26). |
| 9. Algunos muros entre las personas son demasiado viejos y profundos para Dios. | Cristo derribó «la pared intermedia de separación» (Efesios 2:14). |
| 10. La verdadera unidad entre creyentes es solo un sueño. | Juan vio «una gran compañía... de todas gentes» de pie, juntos, «delante del trono y en la presencia del Cordero» (Apocalipsis 7:9). «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos igualmente en uno!» (Salmos 133:1). |
Este estudio se basa en la Biblia y refleja las creencias publicadas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Verifíquelo todo usted mismo:
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