Jesús ya venció en la cruz. Ahora quiere hacer crecer su vida en usted, un día a la vez.
Estaba sobre el felpudo cuando ella abrió la puerta.
Manmie Rosette tenía sesenta y cuatro años. Vivía sola en un pequeño apartamento de Brooklyn, en el tercer piso. Cada mañana a las seis abría la puerta para recoger el periódico que su vecina le pasaba.
Aquel martes no había periódico. Había un pequeño nudo de tela negra, bien amarrado con hilo rojo. Al lado, un montoncito de sal.
Rosette se quedó inmóvil. Llevaba treinta años yendo a la iglesia. Pero había crecido en Jacmel, y conocía las historias. La vecina de enfrente abrió su puerta, miró hacia abajo y susurró en kreyòl: «Gen moun ki voye yon bagay sou ou.» Alguien te mandó algo.
Esa noche Rosette no durmió. Dejó todas las luces encendidas. Acostada, repasaba nombres. ¿A quién había ofendido? ¿Al primo con quien discutió por el terreno? ¿A la mujer de la lavandería? El jueves se encontró parada frente a una tiendita de Flatbush Avenue donde un hombre vendía «guardas»: aceites, polvos, bolsitas para colgar junto a la puerta.
Tenía la mano en la manija.
¿Qué hizo Rosette? Guarde esa pregunta. Porque quizás usted también ha estado frente a una puerta así. Quizás su miedo tiene otro nombre. Pero debajo de todo hay una sola pregunta: si pertenezco a Jesús, ¿todavía tengo que tener miedo?
Seamos sinceros. Muchos crecimos con este miedo. Miedo a las maldiciones. Miedo a los espíritus. Miedo a lo que un envidioso pudiera «mandar». Miedo a que los muertos regresen. Algunos todavía lo sienten en el estómago cuando pasa algo extraño.
La Biblia no se burla de ese miedo. Dice que Jesús vino por los que viven bajo él. Vino para «librar á los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos á servidumbre» (Hebreos 2:15). Por toda la vida. Algunos sabemos exactamente lo que eso significa.
Y Pablo le escribió a un joven pastor llamado Timoteo:
El miedo no viene de Dios. La fortaleza viene de Dios. El amor viene de Dios. Una mente serena y dueña de sí viene de Dios.
Cuando Jesús murió en la cruz, parecía el día más oscuro de la historia. El cielo se puso negro. Sus amigos huyeron. Parecía que el mal había ganado.
Pero escuche lo que realmente pasó:
En tiempos de Pablo, cuando un general romano ganaba una gran guerra, volvía a casa en un desfile llamado «triunfo». Los enemigos vencidos marchaban detrás de él, encadenados, a la vista de toda la ciudad. Pablo dice que la cruz fue ese desfile. Los «principados y potestades» —las fuerzas del mal— fueron despojados de sus armas y exhibidos en público. Vencidos.
Hebreos lo dice así: Jesús vino «para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es á saber, al diablo» (Hebreos 2:14).
La batalla por su vida no se decidió con un nudo de tela sobre un felpudo. Se decidió en la cruz, y Jesús ganó.
Si usted pertenece a Jesús, no está solo frente a la oscuridad. Alguien vive en usted:
Léalo otra vez. No «quizás mayor». No «mayor en los días buenos». Mayor. El Espíritu Santo que vive en el hijo de Dios es más fuerte que cualquier cosa en el mundo.
Pablo hizo una lista de todo lo que podría intentar separarnos de Dios, y lo tachó todo: «ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades… ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38-39).
¿Quiere decir esto que el diablo no existe? No. La Biblia lo toma en serio. También nos dice qué hacer: «Someteos pues á Dios; resistid al diablo, y de vosotros huirá» (Santiago 4:7). Fíjese en el orden. Primero nos acercamos a Dios. Después el enemigo huye, ante el poder de Dios, no el nuestro.
Otras dos verdades traen paz a muchos corazones. Primero, los muertos no regresan para asustar ni dañar a los vivos. La Biblia lo dice claramente: «los muertos nada saben» (Eclesiastés 9:5). (Nuestro estudio «¿Qué sucede realmente cuando morimos?» lo explica.) Segundo, un hijo de Dios no necesita aceites, polvos ni amuletos. Cuando los primeros creyentes de Éfeso vinieron a Jesús, juntaron sus libros de magia y los quemaron delante de todos (Hechos 19:18-19). Ya no los necesitaban. Tenían a Jesús.
Aquí hay algo importante. Jesús no solo nos libera y nos deja parados en la puerta. Quiere que crezcamos.
Piense en un bebé. Nadie espera que un recién nacido camine. Pero todos esperan que crezca. Un poco más grande cada semana. Un poco más fuerte cada mes. La fe funciona igual. Cuanto más conocemos a Jesús, menos espacio tiene el miedo.
La Iglesia Adventista del Séptimo Día resume así la enseñanza bíblica: por su muerte en la cruz, Jesús triunfó sobre las fuerzas del mal, de modo que ya no tenemos que vivir con miedo a los poderes malignos; y al caminar con Él crecemos por medio de la oración, su Palabra, la adoración con otros creyentes y la participación en su misión (Creencia Fundamental n.º 11, «Crecer en Cristo»).
¿Cómo crecemos? Jesús nos dio una imagen que cualquiera entiende:
Un pámpano no crece a fuerza de esfuerzo. No se aprieta ni se esfuerza. Simplemente permanece unido a la vid, y la vida de la vid fluye en él.
Eso es «permanecer»: quedarse. Quedarse cerca de Jesús. En la práctica es sencillo:
¿Qué crece en un pámpano unido a Jesús? Pablo nos lo dice:
Mire la tercera palabra: paz. La paz es lo contrario del miedo que no dejaba dormir a Rosette. Y fíjese de quién es ese fruto: el fruto del Espíritu. Nosotros no lo fabricamos. Él lo hace crecer.
Y lo hace crecer mientras miramos a Jesús:
Llegamos a parecernos a lo que miramos. Mire el miedo, y el miedo crece. Mire a Jesús, y usted es transformado «de gloria en gloria», paso a paso, a su semejanza.
Quizás usted piensa: «Pero todavía tengo miedo a veces. Todavía caigo. Todavía no he llegado.» Aquí hay una promesa para usted:
Dios no empieza obras que no termina. Si comenzó a trabajar en usted, seguirá trabajando. Usted no es un fracaso. Es una obra en construcción, en muy buenas manos.
Una palabra sincera: si el miedo o la angustia no le deja dormir semana tras semana, hable con su pastor, y también con un médico o un consejero. Pedir ayuda no es falta de fe. Dios muchas veces obra por medio de personas que se preocupan por nosotros.
Entonces, ¿qué pasó en Flatbush Avenue?
El teléfono de Rosette vibró en su bolsillo. Era su nieta Daphné, de quince años. «Manmie, paso a verte después de la iglesia el sábado. ¿Está bien?»
Rosette soltó la manija. Se fue a su casa.
Esa tarde de sábado le contó todo a Daphné. La tela. La sal. Las luces. La tienda. Daphné no se rió. Abrió su Biblia sobre la mesa de la cocina y leyó en voz alta Colosenses 2:15. Luego 1 Juan 4:4. «Manmie —le dijo—, Jesús ya ganó esta batalla. Antes de que alguien amarrara ese hilo.»
Oraron juntas. Rosette le pidió a Jesús que llenara su casa y su corazón. Luego tomó el nudito con una toalla de papel, lo echó a la basura y bajó ella misma la bolsa hasta la calle.
Esa noche apagó las luces. No porque el paquete ya no estuviera, sino porque recordó a quién pertenecía.
Las cosas cambiaron poco a poco después de eso. Daphné empezó a llamarla cada mañana a las 6:30 para leer con ella un capítulo de Juan. Rosette volvió a la reunión de oración de los miércoles. Empezó a preparar sopa los viernes para el señor Joseph, al final del pasillo, que ya no podía salir de su apartamento.
Meses después, en la iglesia, alguien le preguntó por el paquete. Rosette sonrió. «Nunca supe quién lo dejó —dijo—. Dejé de necesitar saberlo.»
El mismo Jesús que venció en la cruz vive en usted. No tiene que quedarse frente a esa puerta con miedo. Permanezca unido a la Vid, y déjelo hacer crecer su paz en usted, un día a la vez.
¿Hay un miedo que ha cargado durante años? ¿Una maldición, un sueño, una palabra que alguien pronunció sobre usted, una puerta que teme abrir?
No tiene que cargarlo solo, y no necesita nada más que a Jesús. Sería un honor para nosotros orar con usted, abrir la Biblia con usted y acompañarle mientras crece, tal como es.
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No se pierda lo que viene. Cuando el miedo suelta nuestras manos, quedan libres para sostener otra cosa. Nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestro dinero, incluso nuestro cuerpo: ¿de quién son realmente? Nuestro próximo estudio: «Todo es suyo: vivir como mayordomos fieles». Suscríbase ahora para recibirlo en cuanto salga. Si espera, tendrá que venir a buscarlo. 🔔
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Crecer en Cristo: libres del temor — versión de bolsillo
| Mito | Realidad (con la Biblia) |
|---|---|
| 1. Una maldición que alguien «manda» puede ser más fuerte que el cuidado de Dios por su hijo. | «El que en vosotros está, es mayor que el que está en el mundo» (1 Juan 4:4). Nada «nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38-39). |
| 2. Necesito un amuleto, un aceite, un polvo o una «guarda» para proteger mi casa. | Cristo, «despojando los principados y las potestades… triunfando de ellos» (Colosenses 2:15). Dios prohíbe la hechicería y los encantamientos (Deuteronomio 18:10-12), y los nuevos creyentes quemaron sus libros de magia (Hechos 19:18-19). |
| 3. Los espíritus de familiares muertos pueden visitarme, guiarme o hacerme daño. | «Los muertos nada saben» (Eclesiastés 9:5). Los muertos descansan hasta la resurrección; no pueden volver a dañar a los vivos. |
| 4. El diablo no existe, así que no hay nada que resistir. | La Biblia dice: «resistid al diablo, y de vosotros huirá» (Santiago 4:7), después de «Someteos pues á Dios». Es real, pero está vencido (Hebreos 2:14). |
| 5. Si tengo miedo, es que no tengo fe y Dios está decepcionado de mí. | Jesús vino a «librar á los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos á servidumbre» (Hebreos 2:15). Dios da «el espíritu… de fortaleza, y de amor, y de templanza» (2 Timoteo 1:7). El miedo es algo de lo que Él nos libra, no una razón para rechazarnos. |
| 6. Una vez que acepto a Jesús, ya no necesito crecer. | «Creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pedro 3:18). |
| 7. Crezco espiritualmente esforzándome más por mi cuenta. | «El que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). |
| 8. Un cristiano que crece nunca lucha. | Somos transformados «de gloria en gloria», paso a paso (2 Corintios 3:18). «El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará» (Filipenses 1:6). |
| 9. El fruto del Espíritu es una lista de reglas que debo cumplir. | Es «el fruto del Espíritu» (Gálatas 5:22): Él lo hace crecer en una vida unida a Cristo (Juan 15:5). |
| 10. Si vuelvo a caer, Dios se da por vencido conmigo. | Dios perfeccionará su obra «hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6). Nada «nos podrá apartar del amor de Dios» (Romanos 8:39). |
Este estudio se basa en la Biblia y refleja las creencias publicadas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Verifíquelo todo usted mismo:
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