Su tiempo, sus dones, su cuerpo, su dinero: Dios los puso en sus manos. ¿Qué hará con las llaves?
Tenía las llaves de una casa que no era suya.
Mercilia tenía cuarenta y un años. Trabajaba como asistente de salud a domicilio en Boston. Cinco días a la semana tomaba dos autobuses para ir a la casa del señor Walter, un viudo de ochenta y ocho años. Le preparaba la avena. Contaba sus pastillas en la cajita. Escuchaba sus historias sobre Ruth, su esposa, que había muerto cuatro años antes.
Un lunes, el señor Walter se cayó en la cocina. Llegó la ambulancia. En el hospital, el médico dijo: tres semanas, quizá más.
Antes de que se lo llevaran, el señor Walter le puso su llavero en la mano. «Mercilia, cuide la casa. Dele de comer a Biscuit. Entre el correo. Y por favor», le temblaba la voz, «riegue las violetas de Ruth. Ella las cuidó durante cuarenta años.»
Esa noche su prima se rio por teléfono. «¿Tres semanas en una casa vacía? Nadie te está mirando, prima. Duerme allí. Usa el televisor grande. Nadie se va a enterar.»
Mercilia colgó. Sentada a su mesita, miraba las llaves. De latón, viejas, pesadas. Y una pregunta extraña le subió al corazón, una pregunta más grande que la casa del señor Walter:
¿Qué hay en mi vida que sea realmente mío? ¿Y qué solo me ha sido puesto en las manos?
Guarde esa pregunta. Y no se olvide del señor Walter, porque lo que dijo al volver a casa es el corazón de este estudio.
Decimos «mío» todo el día. Mi casa. Mi carro. Mi sueldo. Mi tiempo. Mi cuerpo. Mi teléfono.
La Biblia nos corrige con ternura:
No una parte. La tierra y su plenitud. Todo. Y «los que en él habitan»: eso nos incluye a usted y a mí.
El rey David lo entendió. Con su pueblo había reunido oro, plata y madera para construir el templo de Dios. Fue una ofrenda enorme. Pero cuando oró, no se jactó. Dijo:
Lo recibido de tu mano te damos. David sabía que solo le devolvía a Dios lo que Dios primero le había puesto en las manos.
La Biblia tiene una palabra para alguien así: un mayordomo (la Reina-Valera dice «dispensador»). Un mayordomo cuida lo que pertenece a otro. Como Mercilia con un llavero.
La mayordomía empieza más cerca que nuestra billetera. Empieza con nuestra propia vida.
No sois vuestros. Eso puede sonar pesado. Pero mire la razón: comprados sois por precio. Jesús pagó por usted con su propia vida. Usted no es un cuarto alquilado. Es un templo, donde vive el Espíritu de Dios.
Por eso cuidamos este cuerpo: descanso, buena comida, agua limpia, aire fresco, decir no a lo que lo destruye. No para ganar el amor de Dios, sino porque Él ya nos ama, y este cuerpo es su regalo. (Nuestro estudio «Tu cuerpo, templo de Dios» profundiza en esto.)
Cada persona ha recibido algo de Dios. Quizá usted sabe cocinar. Quizá sabe escuchar. Quizá sabe arreglar un carro, cantar, enseñar a leer a un niño o hacer reír a un enfermo.
«Cada uno.» Nadie queda fuera. Su don no es solo para usted. Es la gracia de Dios pasando por sus manos hacia otra persona.
Y el primer trabajo que Dios le dio a un ser humano fue un trabajo de mayordomo:
Labrarlo: trabajarlo. Guardarlo: protegerlo. La tierra de Dios también está a nuestro cuidado: el patio detrás de la casa, la calle donde vivimos, el agua y la tierra que Él hizo.
¿Qué busca Dios en un mayordomo? No que seamos famosos. No que seamos ricos. Ni siquiera que tengamos éxito.
Fiel. Eso es todo. Y Jesús nos dice dónde se prueba la fidelidad:
En lo muy poco. Los diez minutos de la mañana. Los cinco dólares. La promesa de devolver la llamada. Las violetas que nadie más notaría.
Dios no pregunta primero: «¿Cuánto tienes?» Pregunta: «¿Qué estás haciendo con lo que te di?»
Sí, la mayordomía también toca nuestro dinero. En la Biblia, el pueblo de Dios le devolvía la décima parte, el diezmo:
Muchos cristianos todavía lo hacen hoy, y dan ofrendas además, para llevar las buenas nuevas de Jesús y apoyar a su iglesia. Pero escuche el espíritu que Dios quiere detrás de cada ofrenda:
No con tristeza. No por obligación. Dios no quiere una ofrenda arrancada por la culpa o el miedo. Él ama al dador alegre.
Una palabra honesta, porque aquí la gente sale herida. Dar no es una manera de comprar una bendición. Cuando un hombre quiso pagar por el poder de Dios, Pedro le respondió: «Tu dinero perezca contigo, que piensas que el don de Dios se gane por dinero» (Hechos 8:20). Tenga cuidado con quien le prometa que Dios lo hará rico si le da dinero a él. Y nunca entregue el dinero del alquiler, la comida o las medicinas porque alguien lo presionó. Este estudio es aliento espiritual, no consejo financiero; si tiene deudas o facturas difíciles, es sabio hablar con un consejero de confianza.
Jesús sabía algo de nosotros. Lo que retenemos termina reteniéndonos.
La polilla se come la ropa. El óxido se come los carros. Los ladrones se llevan los televisores. Pero el amor dado a Dios y a los demás, eso nadie lo puede robar. Y Jesús dice que su corazón sigue a su tesoro. Abra la mano hacia Dios, y su corazón también se abrirá.
¿Por qué vivir así? No por miedo. No para ganar el cielo. La Biblia es clara: «Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: No por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9).
Damos porque Alguien nos dio primero:
Jesús tenía todo el cielo. Se hizo pobre —un pesebre, un banco de carpintero, una cruz— para que nosotros fuéramos ricos en lo que más importa: el perdón, el amor de Dios, la vida eterna. La mayordomía es simplemente nuestra respuesta a ese amor.
La Iglesia Adventista del Séptimo Día resume así la enseñanza bíblica: somos mayordomos de Dios, a quienes Él confió tiempo y oportunidades, capacidades y posesiones, y las bendiciones de la tierra; reconocemos que Él es el dueño mediante el servicio fiel a Él y a los demás, y devolviendo el diezmo y dando ofrendas; y la mayordomía es un privilegio que nos ayuda a crecer en el amor y a vencer el egoísmo (Creencia Fundamental n.º 21, «Mayordomía»).
Durante tres semanas, Mercilia fue a la casa cada tarde después de su turno. Dos autobuses para ir, dos para volver. Le daba de comer a Biscuit. Apilaba el correo sobre la mesa, sin abrir jamás un sobre. No durmió allí. No encendió el televisor grande. Y cada dos días llevaba una tacita de agua hasta la ventana y les daba de beber a las violetas de Ruth.
Nadie la veía. Excepto, ella lo sabía, Dios.
Cuando el señor Walter regresó, caminó muy despacio del carro a la puerta. Se detuvo en la sala. Miró la ventana. Las violetas estaban moradas y llenas.
Se sentó y lloró. «Pensé que estarían muertas», susurró. «Las violetas de Ruth.» Luego la miró. «Usted fue fiel en lo poco, Mercilia. Ahora sé que puedo confiarle cualquier cosa.»
Esa noche, en su casa, ella abrió la Biblia y buscó Lucas 16:10. Lo leyó tres veces.
Algo cambió después de eso. No su cuenta del banco: el alquiler no bajó, y su carro viejo seguía haciendo el mismo ruido. Dios no la hizo rica, y ella no se lo pidió. Lo que cambió fue su manera de sostener las cosas. Empezó a darle a Dios los primeros minutos de cada mañana, antes que al teléfono. Empezó a devolver su diezmo y a dar una ofrenda, con alegría, no por miedo. Visitaba a una señora sola de la iglesia los sábados por la tarde. Dejó de sostener su vida con el puño cerrado.
Un mes después, el señor Walter le regaló una macetita con una de las violetas de Ruth. Ahora está en el alféizar de su ventana. «Cada vez que la riego», dice ella, «recuerdo: nada de lo que tengo es realmente mío. Todo es suyo. Y Él confía en mí.»
Todo lo que usted tiene está en sus manos porque Dios lo puso allí. Él no lo vigila para atraparlo. Espera para decirle: «Bien hecho». Tome las llaves, y sea fiel en lo muy poco.
¿Qué ha puesto Dios en sus manos? ¿Su tiempo, un don, una familia, un trabajo, un cuerpo que todavía despierta cada mañana?
No tiene que aprender la fidelidad solo. Sería un honor para nosotros orar con usted, abrir la Biblia con usted y acompañarle mientras aprende a vivir con la mano abierta, tal como es.
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Todo es suyo: vivir como mayordomos fieles — versión de bolsillo
| Mito | Realidad (con la Biblia) |
|---|---|
| 1. Lo que gano es solo mío; Dios no tiene nada que ver. | «De Jehová es la tierra y su plenitud» (Salmos 24:1). «Todo es tuyo, y lo recibido de tu mano te damos» (1 Crónicas 29:14). |
| 2. La mayordomía es solo una palabra de iglesia para hablar de dinero. | Incluye nuestro cuerpo (1 Corintios 6:19-20), nuestros dones (1 Pedro 4:10) y la tierra que Dios puso a nuestro cuidado (Génesis 2:15). |
| 3. Si doy, Dios tiene que hacerme rico. | El don de Dios no «se gane por dinero» (Hechos 8:20). Jesús nos señala «tesoros en el cielo» (Mateo 6:20), y sus riquezas son la gracia (2 Corintios 8:9). Dar es amor, no un negocio. |
| 4. Dar y hacer el bien me ganan la salvación. | «Por gracia sois salvos por la fe… pues es don de Dios: No por obras» (Efesios 2:8-9). |
| 5. Dios quiere que dé aunque me sienta presionado o culpable. | «No con tristeza, ó por necesidad; porque Dios ama el dador alegre» (2 Corintios 9:7). |
| 6. Las cosas pequeñas no le importan a Dios. | «El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel» (Lucas 16:10). |
| 7. Mi cuerpo es asunto mío. | «No sois vuestros… Porque comprados sois por precio: glorificad pues á Dios en vuestro cuerpo» (1 Corintios 6:19-20). |
| 8. Dios mide a un mayordomo por su éxito. | «Se requiere en los dispensadores, que cada uno sea hallado fiel» (1 Corintios 4:2): fiel, no famoso ni rico. |
| 9. A Dios no le importa la tierra; solo las almas. | Dios puso al primer hombre en el huerto «para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15). La tierra es suya (Salmos 24:1). |
| 10. Solo los ricos pueden ser verdaderos mayordomos. | Jesús dijo que la viuda pobre «echó más que todos» (Marcos 12:43-44); Él mira el corazón, no la cantidad. «Cada uno según el don que ha recibido, adminístrelo á los otros» (1 Pedro 4:10). |
Este estudio se basa en la Biblia y refleja las creencias publicadas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Verifíquelo todo usted mismo:
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