Quizás esta noche se sienta solo. En el cielo, su nombre está siendo pronunciado.
«Nadie sabe siquiera que me estoy hundiendo».
Daphnée escribió esas palabras en su teléfono a las dos de la mañana, y luego las borró. Tenía veintitrés años y estudiaba enfermería en Miami. De día iba a clases. De noche contaba pastillas detrás del mostrador de una farmacia. Acababa de reprobar su primer examen importante.
Su madre trabajaba turnos dobles. Sus amigos estaban ocupados. Su teléfono estaba lleno de contactos, pero no tenía a quién llamar. «Si lo dejo todo —pensaba—, nadie se daría cuenta».
Ese verano, con el poco dinero que había ahorrado, voló a Jacmel para visitar a su abuela — Grann Tifi, de ochenta y un años, pequeña y lenta, con manos ásperas como la corteza de un árbol.
La tercera mañana, a las 4:30, Daphnée se despertó en la oscuridad. A través de la pared delgada oyó una voz suave. Alguien hablaba. Y entonces oyó una palabra que la hizo sentarse de golpe en la cama.
Su propio nombre.
¿Qué estaba pasando en aquel cuartito? Guarde esa pregunta. Primero, abramos el Libro — porque la Biblia dice algo de usted que es aún más asombroso.
Cuarenta días después de resucitar, Jesús volvió al cielo mientras sus amigos lo miraban (Hechos 1:9). Algunos piensan que ahí terminó su obra por nosotros. La cruz estaba consumada. Ahora descansa.
Pero el libro de Hebreos cuenta otra historia:
Léalo otra vez: «Ministro». Un ministro es un servidor que está trabajando. Ahora mismo, Jesús no solo está sentado en un trono. Está sirviendo — por usted.
Para entenderlo, tenemos que volver al desierto. Cuando Dios sacó a Israel de Egipto, le dijo a Moisés: «Y hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos» (Éxodo 25:8). Cada día, un sacerdote se ponía entre el pueblo y Dios. Traía los sacrificios. Oraba por el pueblo.
Y mire lo que llevaba puesto el sumo sacerdote:
Doce piedras sobre su pecho. En cada piedra, el nombre de una tribu. Cuando el sumo sacerdote entraba en la presencia de Dios, llevaba los nombres del pueblo sobre su corazón.
Todo eso era una imagen. Los corderos señalaban a Jesús, «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Y el sumo sacerdote también señalaba a Jesús.
La tienda del desierto era solo una copia. Jesús entró en el verdadero santuario:
Dos palabritas lo cambian todo: «por nosotros». Jesús se presenta ante el Padre por usted. No necesita ofrecer otro sacrificio. Ofreció «por los pecados un solo sacrificio para siempre» (Hebreos 10:12). En la cruz dijo: «Consumado es» (Juan 19:30). Ahora aplica lo que hizo allí a cada persona que viene a Él.
La cruz lo pagó todo. El Sumo Sacerdote se asegura de que llegue a usted. Ni una gota de su sacrificio se desperdicia.
Quizás piense: «Jesús es perfecto. ¿Cómo podría entender a alguien como yo?». Escuche:
Jesús conoció el hambre. Conoció los pies cansados. Supo lo que es que sus amigos se duerman mientras usted sufre (Mateo 26:40). Fue tentado «en todo» — y sin embargo nunca pecó.
Así que, cuando usted ora, no le habla a alguien lejano que se encoge de hombros. Le habla a Alguien que lo siente con usted. Por eso puede acercarse «confiadamente» — no porque usted sea lo bastante bueno, sino porque Él lo es.
Aquí está el versículo que podría cambiar su noche:
«Interceder» es orar por alguien, hablar a su favor. Y Jesús vive «siempre» para hacerlo. No una vez al año. No solo cuando usted se porta bien. Siempre.
Jesús ya lo ha hecho antes. La noche antes de la cruz, le dijo a Pedro: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandaros como a trigo; mas yo he rogado por ti que tu fe no falte» (Lucas 22:31-32). Pedro cayó esa misma noche. Pero no se quedó en el suelo — porque Alguien había orado por él.
Y en su larga oración, Jesús dijo: «Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos» (Juan 17:20). Ese es usted. Hace dos mil años, Jesús ya oraba por usted.
¿Qué pasa cuando usted falla — no en un examen, sino ante Dios? ¿Cuando hace justo lo que prometió que nunca volvería a hacer?
Un abogado es alguien que se pone a su lado y habla por usted. La meta de Juan es clara: «para que no pequéis». Jesús no nos da permiso para seguir pecando. Pero cuando caemos y volvemos a Él, no estamos solos. Pablo lo dice con gozo: «¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» (Romanos 8:34).
El que podría condenarlo es el que ora por usted.
Muchos crecimos pensando que necesitábamos a alguien más para llevar nuestras oraciones a Dios — una persona especial, un santo, un espíritu, o las palabras correctas repetidas el número correcto de veces. Pero la Biblia lo hace sencillo:
Uno. No tiene que pagarle a nadie. No tiene que temerle a nadie. No necesita palabras perfectas — Jesús dijo: «orando, no seáis prolijos» (Mateo 6:7). Puede ir directo al trono, hoy, por medio de Jesús. Y «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8).
Entonces, ¿qué estaba pasando en aquel cuartito de Jacmel?
Daphnée se acercó de puntillas a la puerta y miró. Grann Tifi estaba de rodillas sobre el piso de cemento, con su vieja Biblia abierta sobre la cama. Metida adentro había una foto escolar gastada — Daphnée a los nueve años. Y Grann oraba, en voz baja, nombre por nombre: sus hijos, sus nietos, el hijo enfermo de la vecina. «Y Daphnée, Señor. Daphnée que está lejos. Dale fuerzas. No la dejes rendirse».
Daphnée lloró en silencio en el umbral. Más tarde, tomando café, le preguntó: «Grann, ¿desde cuándo oras así por mí?».
La anciana se rió. «Cada mañana desde que naciste, pitit». Luego se puso seria y le tomó la mano. «Pero escúchame. Estoy vieja. Un día mis rodillas se detendrán. Pero hay Alguien que ora por ti que nunca se cansa y nunca muere. Jesús lleva tu nombre sobre su corazón — como el sumo sacerdote. Yo solo soy la vocecita. Él es la voz grande».
Daphnée regresó a Miami. Volvió a tomar el examen. Pero, sobre todo, volvió a orar — confiadamente — porque ahora sabía que no estaba sola.
Quizás esta noche se sienta solo. Pero en el cielo, Jesús conoce su nombre — y lo está pronunciando ante el Padre, ahora mismo.
¿Siente que nadie sabe lo que usted carga? ¿Ha caído tantas veces que le da miedo orar?
Jesús, su Sumo Sacerdote, ya está orando por usted. Para nosotros sería un honor orar con usted también, abrir la Biblia con usted y acompañarlo mientras se acerca confiadamente al trono de la gracia — tal como es.
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No se pierda lo que viene. Algunos piensan que Jesús tiene que rogarle a un Padre enojado para que nos ame. Jesús dijo lo contrario: «el mismo Padre os ama» (Juan 16:27). Nuestro próximo estudio: «El Padre que corre hacia usted». Suscríbase ahora para recibirlo en cuanto salga. Si espera, tendrá que venir a buscarlo. 🔔
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Cristo, nuestro Sumo Sacerdote: Alguien está orando por usted — versión de bolsillo
| Mito | Realidad (con la Biblia) |
|---|---|
| 1. Cuando Jesús volvió al cielo, su obra por nosotros terminó. | Es «Ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo» (Hebreos 8:2), y vive «siempre para interceder» (Hebreos 7:25). |
| 2. Jesús no puede entender lo que estoy pasando. | Fue «tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» y se puede «compadecer de nuestras flaquezas» (Hebreos 4:15). |
| 3. Tengo que limpiarme solo antes de poder venir a Dios. | «Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia» (Hebreos 4:16); puede «salvar eternamente» a los que vienen (Hebreos 7:25). |
| 4. Jesús tiene que convencer a un Padre enojado para que me ame. | «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3:16); «el mismo Padre os ama» (Juan 16:27). |
| 5. Necesito otro intermediario — una persona especial, un santo o un espíritu — para llegar a Dios. | «Hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5). |
| 6. La obra de Cristo como Sumo Sacerdote significa que la cruz no fue suficiente. | Ofreció «un solo sacrificio para siempre» (Hebreos 10:12), «habiendo obtenido eterna redención» (Hebreos 9:12). Su ministerio aplica ese sacrificio consumado; no le añade nada. |
| 7. Si peco después de entregar mi vida a Jesús, todo se acabó para mí. | «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1); «él es la propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 2:2). |
| 8. Como Jesús ora por mí, no importa si sigo pecando. | «Estas cosas os escribo, para que no pequéis» (1 Juan 2:1); «retengamos nuestra profesión» (Hebreos 4:14). |
| 9. El santuario celestial es solo una idea poética sin relación con mi vida. | La Escritura lo llama «aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre» (Hebreos 8:2), donde Cristo se presenta «por nosotros en la presencia de Dios» (Hebreos 9:24). La Creencia Fundamental adventista n.º 24 enseña este ministerio a nuestro favor. |
| 10. Mis oraciones solo cuentan si uso palabras bonitas o las repito muchas veces. | «Orando, no seáis prolijos» (Mateo 6:7); «el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles» (Romanos 8:26). |
Este estudio se basa en la Biblia y refleja las creencias publicadas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Verifíquelo todo por sí mismo:
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